Las personas que no quieren cambiar

Desde pequeña, he practicado mis discursos contra el racismo, preparando para el día en que tendría la oportunidad de hablar en frente de millones de personas y cumplir mi sueño de cambiar el mundo. Cuando decidí estudiar periodismo, asumí que crearía esos cambios con mis palabras.

Quiero ser la voz para los inmigrantes que son invisibles en nuestra sociedad y quiero defender nuestros derechos, tanto de los hispanos como otros grupos discriminados en este mundo.

Pero la semana pasada, después de hablar a clases de la secundaria Charles D. Owen en Swannanoa sobre la inmigración, me di cuenta que hay gente que no quiere cambiar, que tiene sus ideologías tan cementadas que nada más importa, y eso me costó mucho entender.

El maestro de las clases me había advertido que muchos de los alumnos venían de familias integradas al ideal de la bandera confederada y que sería difícil hablar de ciertos temas en frente de ellos, pero yo llegué ilusionada, imaginando el cambio que podía crear en estos jóvenes.

En tanto entre a la escuela, empecé a tener recuerdos de mis experiencias en la secundaria en East Henderson High School. En cada esquina había un grupo de jóvenes, todos con un característico en común y yo caminaba entre los pasillos, una extranjera para ellos que todavía no pertenecía a ningún grupo.

Hable con tres clases y la primera clase realmente me escuchó y los alumnos me preguntaron sobre mis experiencias como latina en este país y me sentí realmente poderosa.

En las últimas dos clases, sentí el calor pasar por todo mi cuerpo mientras varios estudiantes desinteresados pasaban notas y dibujaban en sus escritorios.

No sabía si quería llorar o gritar o estrangular a los jóvenes que me ignoraban. Paré de hablar media frase y mire en los ojos de todos los no creyentes uno a uno y les dije sin pensar, “Lo que me molesta más que nada es que la gente ignorante que está causando la xenofobia y el racismo en este país son los mismos que no están dispuestos a escuchar a otros, a conocer a estos inmigrantes, y tal vez si abrieran sus ojos, sus orejas, y un día hasta sus corazones, este país no estaría en esta guerra de razas.

Les continué que yo tenía un respeto inmenso para la cultura e historia sureña pero que también tenían que reconocer que había ideas sureñas que si son discriminatorias que han pasado con las generaciones y que solamente ellos tienen la opción de cambiar la manera en que ven y experimentan el mundo.

Les dije que todos queremos muchos a nuestros padres, nos dan techo, nos dan comida, nos dan amor, pero no siempre nos dan el perspectivo perfecto para ver el mundo y nosotros tenemos que desarrollar la mente de acuerdo a nuestras propias experiencias.

Al sonar el timbre final, me sentía débil, emocionalmente y físicamente. Les dije: “Yo se que para alguno de ustedes, esto fue como cualquier otra clase y van a regresar y ver el mundo en la misma manera y me olvidaran en una hora, pero realmente espero que un día alguien les cambie la mente, si no soy yo, que será otra persona, o mejor, ustedes mismos que hagan la decisión de cambiar.

Cuatro niñas se quedaron para agradecerme por hablar y para dar disculpa por sus compañeros ignorantes e irrespetuosos. Les di un abrazo y les recordé que ellos son los que pueden crear un cambio en el mundo.

Al llegar a casa, lloré por horas hasta que pude dormir. Me levanté con las palabras de mi abuelo en la cabeza, “No les hagas caso. Hay gente que pasa lo que pasa van a ser racistas y tu tienes que seguir con tu vida. El chiste es vivir bien.”

Yo paso tanto tiempo tan amargada con la maldad en el mundo que casi tengo tiempo de recordar que también hay mucho bien, y muchas buenas personas. Hay personas que si escuchan nuestra desesperación contra el racismo, nuestros llantos sobre familia todavía en otro país, nuestros deseos de tener una educación, de tener oportunidades, de tener una vida mejor.

Sí hay buena gente, y lo tenemos que reconocer en vez de darle más atención a esa gente que nos quiere destruir.