Una actitud de apertura hacia los demás que se manifiesta en la cordialidad del trato y en un sincero deseo de aprender de cada persona.

“Conocer a otras personas, otras culturas, nos hace siempre mucho bien, nos hace crecer, El diálogo es muy importante para la propia madurez, porque en la confrontación con otra persona, en la confrontación con las demás culturas, incluso en la confrontación con las demás religiones, uno crece: crece y madura.

Cierto, existe un peligro: si en el diálogo uno se cierra y se enoja, puede pelear; es el peligro de pelear, y esto no está bien porque nosotros dialogamos para encontrarnos, no para pelear. Y, ¿cuál es la actitud más profunda que debemos tener para dialogar y no pelear?

La mansedumbre, la capacidad de encontrar a las personas, de encontrar las culturas, con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: ‘¿Por qué tú piensas así? ¿Por qué esta cultura hace así?’. Escuchar a los demás y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar”

La Sagrada Escritura cubre de elogios a quienes saben escuchar, y desdeña en cambio la actitud de quienes no prestan atención a los demás. “Oído que escucha reprensión saludable, habita en medio de sabios”, dice el libro de los Proverbios; y el apóstol Santiago aconseja “que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira”

La clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está en cierta manera ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos. El que sabe decirse las cosas claras a sí mismo, sabe cómo y cuándo decírselas a los demás, y es capaz también de escucharlas con buena disposición.

Saber recibir y aceptar la crítica es prueba de grandeza espiritual y de profunda sabiduría: “Quien ama la instrucción, ama el saber, y quien odia la corrección es un estúpido”.

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Edith Segovia

Sin embargo, aceptar lo que nos dicen los demás no supone vivir siempre pendientes de la crítica en nuestra vida profesional o social, bailando al son de lo que se diga o se deje de decir sobre lo que hacemos o somos, porque esa preocupación acabaría siendo una enfermedad.

A veces, el que hace bien las cosas puede ser bastante criticado: lo censuran quizá los que no hacen nada, porque ven su vida y su trabajo como una acusación; o los que obran de modo contrario, porque lo consideran un enemigo; o a veces también los que hacen las mismas o parecidas cosas, porque se ponen celosos.

No faltan casos así, en los que hay que hacerse “perdonar” por los que apenas hacen nada y por los que no conciben que se pueda hacer nada bueno sin contar con ellos. En esos casos, se aconseja, “hemos de saber callar, rezar, trabajar, sonreír… y esperar. No deis importancia a esas insensateces: quered de veras a todas esas almas. (San Josémaría Escriva)